Berkeley cocinado en una novela web /
por Lic. Ektor Henrique Martínez
VERUM IPSUM FACTUM: CONOCER NO ES HACER
Hace no muchos años, cuando yo recién ingresé a la universidad, cuando yo le daba rienda suelta a la lectura y, en el intento de saber si fue Cadmo o Dánao el que introdujo a su rancho el alfabeto púnico (o fenicio, pues), espulgando textos de historia para confirmar si acaso a Polifemo también lo habían bautizado (paganamente, claro) con el nombre de Gogmagog, mal —o bien, según sea el caso— gastaba el tiempo echándome a la boca de mis ojos espesas sopas de letras servidas en platos de papel. Había noches que me embobaba en la lectura y sin darme cuenta tropezaba con la luz de esa pelota de lumbre que se cuelga del cielo; me sorprendía el amanecer como al Chavo del 8, es decir, sin querer queriendo. Una vez consumado el voyerismo letrero la faena se repetía un día sí y el otro, por lo regular, también. Me adentraba en textos de todas layas y tallas, ásperos, entretenidos, rascuachones, prolijos en sabiduría.
Recuerdo que leía a autores cuyas obras eran casi insolubles para mi entendimiento, pero no las soltaba hasta lograba establecer conexiones lógicas entre lo que el autor decía y lo que yo entendía; lograda la deducción, la mengambrea se iba como se le va por la chutama la caradepapa a una vieja guanga. Eso me permitió no desviarme de las significaciones conceptuales de determinada teoría o de algún canon filosófico (léase, existencialismo, marxismo, etcétera). Lo más difícil para mi fue sopesar la dicotomía conformada por los dos grandes sistemas de pensamiento que desde antaño, de la escuela de Oxford a la de Paris ha generado y ha sido la causa de que — Heráclito y Parménides, San Agustín y Abelardo, la escuela de Oxford y la escuela de París— apologetas, partidarios y publicistas se enfrenten en polémicas, se agarren del chongo, se reprima, se eliminen vidas y se exterminen razas y pueblos. Me refiero al idealismo versus materialismo. Sancho y don Quijote, Marx y Hegel, el filósofo de la praxis y el escolástico metafísico, el ser y el pensar, la metáfora y el misticismo, y demás derivaciones, torcimientos y desviaciones.
Retomando la premisa antes expuesta, la novela del máster Carlos López Dzur, Berkeley y yo, se inscribe en esas dos concepciones del mundo. López Dzur ha escrito una novela con un enfoque auténticamente filosófico. Con la peculiaridad estilística que tiene la palabra (dixit Bajtin, al referirse a la prosa literaria) y a través de una forma autobiográfica ficticia, haciendo uso de una riqueza lingüística y, además, sin otorgarle concesiones al realismo literario que registra vidas acartonadas, el autor nos ofrece una obra que retrata de manera dramática el conflicto entre el ser y el no ser; la rivalidad casi esquizoide que enfrenta en el personaje principal a su «vergüenza cartesiana», su «arjé» berkeliano (es decir, un dios subjetivado) por una parte, y la cobardía de no aceptar como determinación del espíritu la existencia del mundo sensible; un debate interno de la conciencia «superyóica» del personaje protagónico, adiestrada e indoctrinada para adorar falsas representaciones y fetiches abstractos, creados en los talleres, aulas, oficinas y cubículos de la gran vanguardia pequeñoburguesa que vive y sobrevive gracias al patrocinio y orientación del mecenas Yorch Berkeley, cuya filosofía ha renacido como «paradigma neoliberal y globalizador» y que se vende o se endosa como «estrategia del éxito gerencial», solo aplicable en el campo de la «meritocracia competitiva».
López Dzur publicó recientemente en páginas electrónicas esa última novela suya titulada Berkeley y yo. La estructura narrativa de esta obra tiene un valor poético y asimismo está dotada de una semántica del pensamiento que invita a la reflexión.
La novela puede ser leída en: Berkeley y yo
* El autor de la reseña, abogado, profesor universitario de Literatura, crítico y poeta, es Ektor Henrique Martínez, quien reside en Tijuana, Baja California, desde donde escribe y organiza el website El Charkito.
El Charkito
Carlos López Dzur / sobre su poesía / por Ektor Henrique Martínez